Compartamos canciones, palabras, risas, caricias, abrazos,
Compartamos la salida del sol, la entrada del sol, la fiesta de la luna.
Compartamos las estrellas, las flores, las abejas y los pájaros.
Compartamos la vida y ella nos envuelve en música y colores.
Marcelo Salamida
jueves, 25 de junio de 2009
viernes, 5 de junio de 2009
¿Donde esta la paz?
¿Donde esta la paz?
El universo es movimiento
el universo es violencia
conflicto permanente
no existe la quietud
la vida es movimiento
el amor es movimiento
el amor es violencia
Negarse a uno es negar la vida
y cuando uno se niega se debora a uno mismo
la vida se lo debora
Del conflicto se construye
Con violencia nos movemos
Marcelo Salamida
martes, 2 de junio de 2009
Ese pequeño punto azul pálido
Carl Sagan, astrónomo y divulgador científico estadounidense, gestor del famoso mensaje enviado al espacio en las sondas Voyager, propuso a la NASA tomar una fotografía de nuestro planeta cuando la sonda Voyager se encontraba a 6,000 millones de kilómetros. La NASA en un primer momento no entendía qué sentido tendría fotografiar nuestro planeta desde un lugar tan lejano.
Así, la Voyager giró hacia la tierra y tomó la imagen más lejana que hayamos visto de nuestro mundo. Carl Sagan la denominó "Ese pequeño punto azul pálido" e hizo el siguiente comentario...
viernes, 29 de mayo de 2009
Tus anteojos
Quién sabe si fue el misterio o la suerte me tendió una mano pero aquel día te fuiste y olvidaste tus anteojos. Te hubiera corrido pero algo así como un fantasma me tomó del brazo y entendí que iba a ser mejor que te fueras y dejaras tus anteojos en la mesa. Que iluso al pensar que había sido un simple olvido, un futuro llamado, un encuentro y problema resuelto.
Encendí la hornalla para calentar un poco de agua y hacer tiempo antes de salir a la escuela cuando un chirrido de madera me encontró desprevenido y mi mano soltó la pava que calló mojando el suelo y las suelas de mis zapatos. Me asomé al comedor. La mesa de algarrobo temblaba de miedo. Tus anteojos se abrieron como un cofre sellado durante siglos por algún tenebroso sortilegio y entre luces y fuegos de artificio una pequeña pajarita en llamas se disparo hacia el techo y comenzó a volar en todas direcciones quemando las cortinas, tiznando el cielo raso y haciendo estallar los vidrios. Agarré el teléfono y, mientras marcaba el número de los bomberos, la pequeña ave flameante, sin aviso alguno, se metió en uno de mis orificios nasales y sin hacer escala en la laringe o en la traquea bajó directo a mis pulmones.
No sé como explicar lo que pasó a continuación. Fue como un sueño, estábamos los dos en mi cuarto, igual que la noche anterior, la luz tenue del velador, el humo de los cigarros, el olor a transpiración, pusiste tu mano sobre la mía, me distes un beso en la mejilla y mirándome a los ojos me dijiste que la vida, por momentos, te hacia sentir inmortal. Yo sentí que las células de mi cuerpo se dilataban y se humedecían y un calor creció en mi estomago, se expandió por todos mis órganos y tejidos y sin saber que hacer, te abrasé.
Todo esto pasó muy rápido, enseguida me encontré otra vez en el comedor con las zapatillas húmedas. Tus anteojos estaban sanos como siempre sobre la mesa inmóvil, las cortinas estaban intactas, el techo blanco, los vidrios firmes y la pequeña pajarita flameante ahora era una simple calandria indiferente y saltarina comiendo las migas que quedaron de la ultima comida debajo la silla.
La calandria vive en mi casa desde aquel día y cuando estoy descansando viene volando y se apoya en mi mano o me dice al oído que la vida, por momentos, la hace sentir inmortal.
Con la nota te mando los lentes en un paquete y me gustaría que cuando pasemos otra noche juntos, quien sabe si por misterio o porque la suerte me tienda la mano, te vallas y vuelvas a olvidar tus anteojos.
Marcelo Salamida
Encendí la hornalla para calentar un poco de agua y hacer tiempo antes de salir a la escuela cuando un chirrido de madera me encontró desprevenido y mi mano soltó la pava que calló mojando el suelo y las suelas de mis zapatos. Me asomé al comedor. La mesa de algarrobo temblaba de miedo. Tus anteojos se abrieron como un cofre sellado durante siglos por algún tenebroso sortilegio y entre luces y fuegos de artificio una pequeña pajarita en llamas se disparo hacia el techo y comenzó a volar en todas direcciones quemando las cortinas, tiznando el cielo raso y haciendo estallar los vidrios. Agarré el teléfono y, mientras marcaba el número de los bomberos, la pequeña ave flameante, sin aviso alguno, se metió en uno de mis orificios nasales y sin hacer escala en la laringe o en la traquea bajó directo a mis pulmones.
No sé como explicar lo que pasó a continuación. Fue como un sueño, estábamos los dos en mi cuarto, igual que la noche anterior, la luz tenue del velador, el humo de los cigarros, el olor a transpiración, pusiste tu mano sobre la mía, me distes un beso en la mejilla y mirándome a los ojos me dijiste que la vida, por momentos, te hacia sentir inmortal. Yo sentí que las células de mi cuerpo se dilataban y se humedecían y un calor creció en mi estomago, se expandió por todos mis órganos y tejidos y sin saber que hacer, te abrasé.
Todo esto pasó muy rápido, enseguida me encontré otra vez en el comedor con las zapatillas húmedas. Tus anteojos estaban sanos como siempre sobre la mesa inmóvil, las cortinas estaban intactas, el techo blanco, los vidrios firmes y la pequeña pajarita flameante ahora era una simple calandria indiferente y saltarina comiendo las migas que quedaron de la ultima comida debajo la silla.
La calandria vive en mi casa desde aquel día y cuando estoy descansando viene volando y se apoya en mi mano o me dice al oído que la vida, por momentos, la hace sentir inmortal.
Con la nota te mando los lentes en un paquete y me gustaría que cuando pasemos otra noche juntos, quien sabe si por misterio o porque la suerte me tienda la mano, te vallas y vuelvas a olvidar tus anteojos.
Marcelo Salamida
sábado, 23 de mayo de 2009
El niño yuntero
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatifecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepurtura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.
Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
u declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
Letra: Miguel Hernandez
Música: Joan Manuel Serrat
jueves, 21 de mayo de 2009
Llevo un cúmulo de estrellas
Llevo un cúmulo de estrellas,
polvo y niebla en el alma.
En mi cuerpo, en mi pecho,
hay algo ajeno en todo esto
como una enfermedad de mis huesos
Y saldrá de mí la cura:
Se escapará de mi boca,
se meterá por la tuya
y llegará por tus ojos
al centro de mi herida
polvo y niebla en el alma.
En mi cuerpo, en mi pecho,
hay algo ajeno en todo esto
como una enfermedad de mis huesos
Y saldrá de mí la cura:
Se escapará de mi boca,
se meterá por la tuya
y llegará por tus ojos
al centro de mi herida
Marcelo Salamida
miércoles, 20 de mayo de 2009
Almita blanca y compañera
Almita blanca y compañera.
¿De que manera he de quererte?
Voz silenciosa indescifrable.
¿De que manera he de escucharte?
Milagro que algún día
vuelvas sigilosa y retozando,
saltes sobre mis piernas
y me cuentes tu vida.
Si sufres penas o si las olvidas,
si tienes frió o te falta comida,
si alguien te duele o te lastima,
lo que oyes, lo que sientes, lo que miras.
Perdona si has venido
y me has contado tu vida.
Perdóname en ese caso
no es de mí que no te entienda.
Es lindo verte y pensarte:
Tienes en tu pelo y en tus ojos
muchas dudas y respuestas.
Te quiero almita, quiero que lo sepas
¿De que manera he de quererte?
Voz silenciosa indescifrable.
¿De que manera he de escucharte?
Milagro que algún día
vuelvas sigilosa y retozando,
saltes sobre mis piernas
y me cuentes tu vida.
Si sufres penas o si las olvidas,
si tienes frió o te falta comida,
si alguien te duele o te lastima,
lo que oyes, lo que sientes, lo que miras.
Perdona si has venido
y me has contado tu vida.
Perdóname en ese caso
no es de mí que no te entienda.
Es lindo verte y pensarte:
Tienes en tu pelo y en tus ojos
muchas dudas y respuestas.
Te quiero almita, quiero que lo sepas
Marcelo Salamida
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